Por: Álvaro E. Sánchez Solís
El domingo 12 de abril de 2026 -y en algunos distritos hasta el lunes 13 por fallas logísticas en la entrega de material electoral- más de 27 millones de peruanos acudieron a las urnas en una jornada histórica. Nunca antes había 35 candidatos a la presidencia. El resultado, previsible pero inquietante, es una dispersión extrema del voto que refleja el hartazgo acumulado tras años de inestabilidad.
Con casi el 80 % de las actas procesadas por la ONPE, Keiko Fujimori (Fuerza Popular) lidera con alrededor del 17 %, seguida por Rafael López Aliaga (Renovación Popular), con poco más del 13 %. Jorge Nieto se ubica tercero. Ninguno roza el 50 % necesario para ganar en primera vuelta. Todo indica que el 7 de junio se celebrará una segunda vuelta entre dos figuras del espectro derechista. El Congreso, ahora bicameral tras décadas de unicameralismo, también quedó fragmentado, lo que augura negociaciones complejas y posibles bloqueos.
Esta elección no surge de la nada. Desde 2021, Perú ha vivido una sucesión de crisis: destituciones presidenciales, protestas violentas, un interinato marcado por la desconfianza y una economía que, aunque muestra leves signos de recuperación, sigue sin generar empleo digno ni reducir la brecha entre Lima y las regiones. La inseguridad ciudadana, la corrupción enquistada y la sensación de que “nadie representa a nadie” explican por qué el electorado optó por opciones duras y conocidas en lugar de apuestas frescas. El voto se repartió entre derechas, centroderechas y algunas izquierdas residuales, pero sin un proyecto nacional que uniera voluntades.
Resulta particularmente interesante para Fujimori la segunda vuelta -de confirmarse definitivamente que su rival será Rafael López Aliaga-, pues sus anteriores balotajes se dieron contra candidatos de la izquierda donde siempre terminaba perdiendo ante la unión de los distintos espectros y partidos de centro e izquierda. Con López Aliaga, el panorama se muestra, posiblemente, más favorable a Fujimori ya que la izquierda tendrá en la papeleta a una “derechista” y a un “ultraconservador”, término que se emplea con regularidad a López Aliaga. Así, Fujimori se muestra como la figura más moderada en la hipotética y probable segunda vuelta. Perú no se puede permitir otro quinquenio de turbulencia. La democracia resistió los contratiempos logísticos y las acusaciones de fraude, pero ahora exige madurez. Los peruanos ya expresaron su descontento. La fragmentación de hoy no puede convertirse en la parálisis de mañana.







