Reflexión y familia

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La familia es escuela o camino de comunión, y la comunión es una meta que tenemos que alcanzar poco a poco, con paciencia, con misericordia, con generosidad. La familia es como una casa que nunca termina de construirse, y a veces es necesario que se caiga alguna pared, para darnos cuenta que hay que volver a empezar, construyendo sobre cimientos más firmes, procurando que Cristo sea la roca sobre la cual se construye nuestra vida familiar.

Al mirar a mi familia, debo mirar el vaso medio lleno y no medio vacío. Mirar más las bendiciones y los dones de mi familia que vivir quejándome de los defectos de los demás. Como aquella señora a la que un padre le dijo: Señora usted viene a confesarse de sus pecados, o de los de su marido. La convivencia familiar no es fácil, no hay que asustarse ni escandalizarse de que a veces haya conflictos en el hogar. A veces más dolorosa que la pelea, es la distancia, la indiferencia y el silencio. Cuando hay un muro invisible que aleja a los esposos, a los padres y a los hijos o a los hermanos, aunque vivan bajo el mismo techo. Por eso, es tan importante vivir el perdón, dialogar y sanar las heridas.

Demos gracias al Señor por nuestras familias, con todos sus problemas. Pidamos al niño Jesús por la intercesión de María y José por nuestras familias, y por las familias más frágiles, por las que están pasando por momentos de crisis, por los esposos que no tienen trabajo, por las familias de madres que han sido abandonadas o que tienen algún hijo enfermo, por las familias de los inmigrantes. Y aprovechemos estos días para estar más en familia, para compartir las vacaciones, la salida al campo o a la playa, la mesa familiar, la visita a los abuelos, para construir los vínculos de comunión familiar tan necesarios. Que Así Sea, Amen

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