Estoy por recibir la sentencia de muerte. No sé si viviré después del 5 de enero del nuevo año, cuando agonice frente a los asambleístas que quieren mi pelada. Soy Godoy y, como tal, me iré de este mundo en que los juzgados y tribunales no juzgan sino que sentencian dependiendo del pato y de la plata. Para la historia judicial de mi lindo Ecuador, les dejo, queridos tinterillos de Tungurahua, mi bitácora con las siguientes notas y recuerdos de mi paso por la tierra de los tres juanes y ahora de Manuelito y Dianita, la parejita indígena que gobierna la comarca.
Al célebre Manuel de Salasaka, convertido en productor de todo tipo de agua, le dejo la varita mágica, con la que he transformado la corrupción judicial en un manantial de honestidad, para que haga brotar agua cristalina y pura en el Carihuayrazo que descontamine de hechizos y rumores la represa de Chiquicahua.
A la simpática Diana, que tan buena imagen proyectó en su reciente viaje por el emirato árabe, con su colorida y bien diseñada vestimenta nativa, le dejó el famoso turbante que mi compañera usó en el viaje de la semana pasada, que hizo conmigo, también a los emiratos, para que, retirándose el sombrero blanco, se cubra la cabeza y los oídos cada vez que los contreras no le reconocen ni siquiera las obritas que ha hecho en Chibuleo.
A mi Directora del Consejo, la prestigiosa doctorita Albán, de larga trayectoria en puestos públicos de influencia local durante varios gobiernos, incluido el de la todopoderoso Patria Altiva y Soberana, le dejó a mi antiguo Director del Consejo de Pichincha, experimentado en diálogos con los jueces anticorrupción, para que le enseñe, en secreto, como se persuade a los infalibles juzgadores.
A la pequeña pero grande de corazón, Daniela, gobernadora de esta ínsula por el milagro de alguna estrella apagada, con experiencia en el servicio público en los tiempos de la revolución ciudadana, le dejo a mi jefe de personal para que le guíe en la remoción de competentes tenientes, jefes parroquiales y comisarios, y en la designación de incompetentes y novatos reemplazos, de partidos distintos del noboísmo, para que sigan lamentándose los fieles que dejaron el alma en el piso para que ganara el Presi.
A los cinco diputados de Tungurahua, hombres y mujeres de gran cultura y con una capacidad oratoria parecida a la Roldós, Borja y la Chilindrina, les adelanto la respuesta que leeré ante ellos el día de mi crucifixión política, con la esperanza que me hagan llegar sus comentarios, por lo menos, del primer párrafo.
Al asambleísta nacional ambateño de los ojitos verdes, heredero de una dinastía de valientes, Baby Torres, le dejo el capote que me regaló el abogado, judicial y matador ecuatoriano Marcillo para que se lance al ruedo a medir la embestida de los que quieren mi puesto.
A los concejales de la ciudad de Ambato y, en especial, a los ediles rurales Alejita, Patricito y Rumiñahuito, les dejo la olla de barro de la que tomé colada morada en un ajusticiamiento de la justicia indígena para que la llenen de chicha preparada en Chibuleo y la beban en las sesiones de ajusticiamiento a la burgomaestre.
A la interminable fila de aspirantes a las alcaldías y la prefectura de Tungurahua, con el eterno Luchito que ama, el Javiercito maratonista, el Gonzalito curtidor, la Dianita reelegible, el Luchito de Lums, el Fernandito fotorradar y el Luchito Fernandito escritor, que les veo a la cabeza de la hilera, les dejo la paciencia con la que gané mi codiciado puesto, por dos veces consecutivas, en el transparente y ciento por ciento recto y honesto Consejo de Participación.







