El que vive en el amor, vive en Dios y Dios en él, Misa Dominical

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Esta primera carta atribuida a San Juan es un canto a la esencia del ser de Dios y de sus implicaciones para los cristianos. Dios es Luz, Dios es Espíritu, Dios es Amor.

Jesús  nos revela a su Padre, Dios que es misericordia, Dios que perdona, Dios que va en busca del hombre, porque en definitiva Dios es Amor.

El texto de la primera lectura de hoy destaca fundamentalmente a Dios como Amor, su amor por el ser humano, “como elegidos de Dios, santos y amados” nos dirá San Pablo en Col 3,12.

Juan subraya con insistencia que si nosotros amamos a Dios es porque El nos amó primero, y la consecuencia de esta relación de amor es que ese Amor que Dios ha derramado en nuestros corazones, lo compartamos con quienes también son objeto del amor de Dios, los hombres y mujeres que encontramos en nuestro camino. “A Dios nunca le ha visto nadie pero si nosotros nos amamos unos a otros , Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros” (1Jn 4,12)

Esta es la novedad del Evangelio, la identidad cristiana, el amor al prójimo se convierte en un signo del amor a Dios, criterio de verificación del amor a Dios.

Juan nos dirá a continuación de nuestro texto que quien no quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve.

Se nos invita a hacer una experiencia fuerte en nuestra vida sobre el amor que Dios nos tiene, que al llamarle Padre sintamos que el corazón se nos agranda, y capacita para acoger a los hermanos, y si realmente vivimos y compartimos este amor que Dios nos tiene, el temor, que con frecuencia acompaña al ser humano,  se irá alejando de nosotros. Contamos con el Espíritu que nos envía el Padre y con el testimonio de Jesús.

“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”

Fantasía o realidad. O quizá provocación para despertarnos de un letargo. Mas bien Palabra que se dirige hoy a todas las personas que escuchen o lean su Palabra.

Escribo el comentario, como siempre, después de haber leído, informado, rezado y escuchado al Espíritu, pero al poner las palabras que encabezan este texto y que el evangelista (no sólo Marcos) pone en boca de Jesús, inmediatamente me viene a la mente  este reproche de Jesús que, narrando el mismo episodio, nos relata el evangelista Mateo, dirigida a Pedro:  “Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?” (Mt 14,26-32).

Si comenzamos por el principio del texto, los discípulos de Jesús acaban de asistir a uno de los mayores prodigios que realiza Jesús: dar de comer a una multitud. Momento triunfante en su vida, ante el cual, la muchedumbre quiere hacerle rey.

Jesús tiene prisa en que se vayan los discípulos de allí: “enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca”. Parece que no quiere que participen de ese momento porque el éxito, la gloria no iba a ser el camino que iban a recorrer los discípulos de Jesús. Su Maestro tampoco lo recorrerá. Será sólo un paréntesis en su camino hacia la cruz. Jesús se queda despidiendo a la multitud, pero ellos suben a la barca sin comprender lo vivido.

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