Por: Luis Fernando Torres
El Rey británico hizo, en territorio estadounidense, lo que ningún otro jefe de Estado ha podido hacer durante los dos reinados de Trump, el del primer período y el actual. Parecería que las siete décadas de preparación para suceder a su madre, le dieron a Carlos un recorrido previo por los entresijos del poder mundial tan provechoso que en Estados Unidos tendió un cerco infranqueable de protección a la OTAN y a Ucrania, dos espacios cuya supervivencia ha sido puesta en entredicho por el gobierno estadounidense, recientemente resentido por la falta de colaboración militar europea para abrir el estrecho de Ormuz.

En el Congreso de Estados Unidos, el rey Carlos pronunció uno de los mejores discursos que se haya escuchado en ese hemiciclo. Con un estilo clásico, profundo, sin estridencias, pero con el característico gracejo inglés para arrancar sonrisas entre los adustos legisladores, destacó la importancia del Estado de derecho y de la separación de poderes en la defensa de las libertades. Fue ovacionado, de pie, durante doce veces. Mientras en Gran Bretaña el rey tiene la prohibición de ingresar al Parlamento, salvo para el inicio del período legislativo, en Estados Unidos pudo desplegar toda su capacidad diplomática y política en el Parlamento.
Una de sus mejores bromas la expresó delante de Trump en un acto social. Este había dicho que los británicos hubieran sido alemanes si Estados Unidos no derrotaba a Hitler en la segunda guerra mundial. Carlos, por su parte, le recordó que si no hubiera sido por los ingleses, los estadounidenses habrían terminado como franceses, dado que Francia, dueña de Luisiana hasta 1803, incidía en gran parte del territorio norteamericano en el siglo XVIII. En la Guerra de los Siete Años, de 1763, Gran Bretaña doblegó a Francia obligándole a renunciar a la mayoría de sus posesiones en ese territorio, antes de la Independencia, cuyos 250 años fue a celebrar Carlos con Trump.
A la maestría en una tarea, como la de gobernar y saber utilizar el poder, no se llega de la noche a la mañana. Se requieren años de preparación. Setenta años requirió el rey británico, quien pasó en su vida por todo tipo de trances políticos. Hubo un momento, cuando su popularidad se hundió por su actitud hacia su esposa y su amante, Diana y Camila, en que se lo consideró inadecuado para la mantenerse en la línea sucesoria. A Carlos no se le aplica el refrán latino “lo que natura no da, Salamanca no presta”. No sólo tiene un sobresaliente talento político y diplomático, propio de las élites gobernantes, sino una educación exquisita en las ciencias del poder.







