La cornada que no mata al arte

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Por: Álvaro E. Sánchez Solís

El lunes 20 de abril, la Maestranza se quedó muda. José Antonio Morante de la Puebla, el torero que más ha devuelto al toreo su condición de arte mayor, recibió una cornada brutal en el cuarto toro de García Jiménez. Diez centímetros de asta que lesionaron y perforaron su recto. El diestro fue operado de urgencia durante más de dos horas en la propia enfermería y después lo trasladaron al hospital con pronóstico muy grave. La plaza, que minutos antes vibraba y aplaudía el arte, se convirtió de golpe en un templo de silencio y oración.

Pero la noticia no es solo la cornada. La noticia es Morante. Porque Morante no es un torero más. Es el último gran clásico vivo. El que toreó como nadie en la historia reciente con una muleta que parece susurrar en vez de mandar. Cuando Morante se planta delante del toro, no lidia: dialoga. Su toreo no busca el aplauso fácil ni la estocada de efecto. Busca la verdad honda del animal, la lentitud que duele, la belleza que se paga con el alma. Su arte se aparta del espectáculo banal al que se han acostumbrado otros toreros, es la estética de lo pausado y delicado.

Nadie como él ha encarnado en esta época la pureza del toreo sevillano. Heredero directo de Joselito y Belmonte, pero con un sello propio que lo hace irrepetible. En un tiempo donde muchos confunden espectáculo con arte, Morante ha sido la resistencia. Ha llenado plazas sin necesidad de artificios. Ha cortado orejas en tardes imposibles con la sola autoridad de su figura y ha demostrado que el toreo puede ser poesía, aunque duela, aunque sangre, aunque mate.

Por eso esta cornada duele más que otras. Duele porque hiere a quien más nos ha recordado por qué amamos este arte tan antiguo y tan vivo. Duele porque Morante, a sus cincuenta y tantos, sigue jugándose la vida como un debutante, con la misma entrega absoluta, con el mismo respeto sagrado al toro y al público.

Hoy el maestro está postrado, pero su toreo no lo está. Ese toreo que hemos visto en La Maestranza, en San Isidro, en Bilbao o en cualquier rincón donde se lidie con mayúsculas, ya es patrimonio de la humanidad taurina. Las verónicas de ensueño, los naturales eternos, las estocadas de mano baja que parecen firmadas por un dios del toreo… todo eso queda. Y queda para siempre.

Que se recupere pronto, que vuelva a vestir de luces, que nos regale muchas tardes más de esa magia que solo él sabe crear. Porque mientras Morante exista, el toreo seguirá siendo arte. Y el arte, por muy grave que sea la cornada, nunca muere.

Contacto: alvaro.sanchez2000@hotmail.com

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