Domingo de Ramos, Misa Dominical

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Ya estamos entrando en la Semana Santa, ese tiempo especialísimo de contemplación de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.  Son los días más apropiados para meditar esos misterios tan importantes de nuestra fe.  Tal vez podamos conmovernos por los sufrimientos del Señor y llegar así a una conversión de fondo, al arrepentirnos verdaderamente y confesar nuestros pecados.  Es una oportunidad para poder enrumbarnos mejor en el camino de la salvación.

El Domingo de Ramos celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.  Se llama también este domingo, Domingo de Pasión, pues en este día iniciamos la Semana de la Pasión del Señor.  En efecto, las Lecturas de hoy son todas referidas a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Estos días de la Semana Santa nos llaman a la muerte con Cristo: a sacrificar nuestra vida por Él y por lo que Él nos dice en su Evangelio.  No basta recoger palmas benditas este Domingo de Ramos, no basta visitar a Cristo expuesto solemnemente el Jueves Santo, no basta siquiera pensar en los sufrimientos de Cristo durante la ceremonia del Viernes Santo.  Todo esto es necesario… muy necesario.  Pero todo esto debiera llevarnos a imitar a Cristo en esa cruz y en esa muerte que Él nos pide para poder salvar nuestras vidas.

Las palmas benditas recuerdan las palmas y ramos de olivo que los habitantes de Jerusalén batían y colocaban al paso de Jesús, cuando lo aclamaban como Rey y como el venido en nombre de Dios.  Y si bien las palmas benditas son “sacramentales”; es decir, objetos benditos que la Iglesia pone a nuestra disposición y que pueden causar efectos espirituales, no son cosa mágica.  Más bien, las palmas benditas simbolizan que con ellas proclamamos a Jesús como Rey de Cielos y Tierra, pero -sobre todo- que lo proclamemos como Rey de nuestro corazón.

Y ¿cómo es ese Reinado de Jesús en nuestro corazón?  Significa que lo dejamos a El reinar en nuestra vida; es decir, que lo dejamos a El regir nuestra vida.  Significa que entregamos nuestra voluntad a Dios, para hacer su Voluntad y no la nuestra.  Significa que lo hacemos dueño de nuestra vida para ser suyos.  Así el Reino de Cristo comienza a estar dentro de nosotros mismos y en medio de nosotros.  Así nos preparamos adecuadamente para cuando Cristo venga glorioso entre las nubes a establecer su Reinado definitivo: la morada de Dios entre los hombres.  Que así sea.

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