La campaña del algoritmo

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Por: Álvaro E. Sánchez Solís

Durante décadas, las campañas políticas tuvieron una lógica inamovible: recorrer calles, estrechar manos, organizar concentraciones, contratar publicidad y conseguir que un mensaje llegara a la mayor cantidad de electores posible. La televisión, la radio y la prensa marcaron las reglas de la comunicación electoral. Sin embargo, esa realidad está cambiando a una velocidad que la política tradicional todavía no termina de comprender.

La tecnología no solamente ha transformado la manera de hacer campaña, sino que está modificando la propia naturaleza de la competencia electoral. Hoy, un candidato puede conocer mejor a sus potenciales votantes mediante el análisis de datos, identificar sus preocupaciones, segmentar sus mensajes y dirigir publicidad específica a determinados grupos. Ya no se trata únicamente de convencer a las masas, sino de construir mensajes diferenciados para millones de individuos. La exitosa campaña de Lula da Silva con el asesor Janones demostró que la mezcla de una buena segmentación y una difusión efectiva de consignas potentes pueden lograr remontadas históricas.

En este escenario, la inteligencia artificial también representa un punto de inflexión. Permite producir discursos, diseñar estrategias comunicacionales, generar imágenes, editar videos e incluso recrear voces y rostros. Lo que antes requería equipos numerosos, presupuestos elevados y semanas de trabajo, ahora puede realizarse en cuestión de horas y con recursos considerablemente menores.

Pero esta transformación también tiene un lado preocupante. Los contenidos falsificados, los llamados deepfakes, la manipulación de imágenes y la fabricación de declaraciones pueden convertirse en instrumentos de desinformación electoral. Un video falso difundido oportunamente puede causar un daño que ninguna rectificación posterior consiga reparar. La velocidad de circulación de una mentira puede superar ampliamente la capacidad institucional de desmentirla.

El desafío, por tanto, no consiste en detener el desarrollo tecnológico, sino en comprender sus consecuencias y establecer reglas que protejan la transparencia electoral sin sacrificar la libertad de expresión. Las instituciones, los partidos y los organismos electorales tendrán que adaptarse a una realidad en la que distinguir lo auténtico de lo artificial será cada vez más complejo.

La próxima gran disputa política no se librará exclusivamente en las calles, los medios de comunicación o las urnas. También tendrá lugar en los teléfonos, las plataformas digitales y los algoritmos. Quienes comprendan primero este cambio tendrán una ventaja considerable. Quienes lo ignoren, probablemente descubrirán demasiado tarde que las reglas de la política ya cambiaron.

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