El valor de dar la cara

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Por: Álvaro E. Sánchez Solís

En un país donde muchos exmandatarios prefieren el exilio dorado o las excusas dilatadas ante los llamados de la justicia, el regreso de Lenín Moreno a Ecuador representa un gesto poco común. Tras más de cinco años fuera, el expresidente aterrizó en Quito para presentarse ante la Corte Nacional de Justicia y enfrentar el juicio por el caso Sinohydro, relacionado con presuntos sobornos en la contratación de la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair. Su decisión de volver y responder presencialmente merece, por lo menos, ser vista con respeto, más allá de las eventuales responsabilidades que determine la justicia.

Moreno llega afirmando su inocencia y señalando que se trata de un montaje político. Sea cual sea el desenlace del proceso, su presencia física en la sala de audiencias contrasta con la tradición de evadir el escrutinio. La mayoría de nuestros exjefes de Estado optan por la distancia geográfica o las maniobras legales para no pisar los estrados. Cuando un expresidente huye o se atrinchera, el mensaje implícito es que la ley es para los demás.

Son pocos los que han afrontado la justicia ecuatoriana de frente y de manera presencial. Lucio Gutiérrez, tras su derrocamiento, regresó y enfrentó procesos, incluso pasando tiempo en prisión antes de recuperar su libertad. Fabián Alarcón, quien asumió interinamente la presidencia en un momento de crisis institucional, también compareció ante los tribunales y cumplió parte de su sanción en territorio nacional. Estos casos, aunque excepcionales, demuestran que es posible someterse al imperio de la ley sin necesidad de refugios lejanos, incluso habiendo sido condenados.

El resto de la lista es más bien de ausencias notables. Algunos optaron por el asilo o la fuga oportuna o, incluso, se han valido de la prescripción para evitar ser juzgados. En este contexto, el acto de Moreno adquiere un peso simbólico. No se trata de absolverlo de antemano -puntualizando, además, que no soy partidario de él en lo absoluto- sino de reconocer que someterse al proceso fortalece, aunque sea mínimamente, la idea de que nadie está por encima de la ley.

Al final, la democracia se nutre de ejemplos. Que un expresidente regrese voluntariamente para dar la cara es un recordatorio necesario de que la rendición de cuentas debe ser la norma, no la excepción. Ojalá este gesto inspire a otros y contribuya a cerrar, con seriedad y sin parcialidades, uno de los capítulos más oscuros de la contratación pública en Ecuador. La historia juzgará no solo a Moreno, sino también la madurez institucional que demostremos como sociedad.

Contacto: alvaro.sanchez2000@hotmail.com

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